Marcha por la peste en la Bienal de Performance

Marcha por la peste en la Bienal de Performance

Ataviados con su uniforme blanco, suerte de escafandra en tiempos donde impera la razón sanitizante, las huestes del errorismo toman posesión de la avenida Corrientes. A paso disciplinado por las normas de la distancia social que hoy parecen viejas, esgrimen los hisopos gigantes como armas o antorchas. La paz que se pregona como una palabra casi reducida a sonido, en un ritual de la repetición que le quita efecto y sentido para volver a los balbuceos del dadaísmo que le atribuyen de origen, el Grupo Etcétera lleva las formas de la pandemia a un dispositivo espectacular.

La literalidad se vuelve desmesura. Una cofradía de actores y actrices envueltos en la blancura de la ropa hospitalaria hacen del barbijo una máscara. Palabra que en su etimología alude a la noción de personaje, solo que aquí, a diferencia del teatro griego, la máscara sirve para borrar identidad, para tapar y no descubrir nada, para protegerse de la peste. La referencia al teatro griego surge debido al nombre de la propuesta que el Grupo Etcétera presentó para cerrar la Bienal de Performance 2021 que comenzó en noviembre del año pasado. Catarsis es el título de esta tragicomedia en tres actos donde el público que circuló por la calle Corrientes el sábado 16 de abril se enfrentó con una escena conocida para mirarla a gran escala, en una dimensión visual que convirtió a una nariz en la totalidad de un cuerpo. En un gesto similar a ese barbijo que se mostró como bandera.

La convivencia de una definición que une una categoría clásica del teatro con el errorismo (invento que opera como resabio de las vanguardias, ensayo creativo que le da al error la potencia estética de un movimiento) habla de la performance como un espacio de experimentación donde se recuperar el panfleto como genero en un cruce politico y artistico. Las herramientas estéticas no son empleadas para producir una obra sino para intervenir sobre lo inmediato.

El relato tiene el lenguaje de una marcha. La convocatoria permite aglutinar a los espectadores que al rato van a mezclarse con los performers, a adueñarse de los carteles que dicen Positivo o Negativo. El recorrido tiene como objetivo el Obelisco en una danza que es mortuoria y festiva. La algarabía gana la batalla pero la imagen parece hablar de otras manifestaciones o protestas que han ocurrido en los últimos tiempos. Pensar el trabajo del Grupo Etcétera obliga a señalar que en sus inicios, cuando terminó la década de los 90, incluso a comienzos del año 2000, su activismo estético era más desconcertante.

La realidad todavía no había adoptado la performance como una variante de sus manifestaciones callejeras. En este punto el colectivo fundado por Loreto Garín Guzmán y Federico Zukerfeld hace de esa alegría que se desarma en la desconcentración, cuando la caravana toma por la calle Sarmiento y la representación parece haber terminado pero el público que la sigue se niega a aceptar el final, un gesto de disidencia. Como esa conclusión que en la tragedia se llamaba a la mesura pero aquí queda abierta porque el otro elemento que el Grupo Etcétera usa para discutir con ciertas protestas performáticas de la actualidad es la palabra.

Acertadamente en catarsis no hay una enunciación que asuma el protagonismo. El discurso está en la construcción visual. Todo aquello que se ubica en la lógica significante pandémica (cuidados, hisopado, sanitización) se trasmuta a una versión tragicómica. Los rituales pandémicos ahora son una pequeña diversión callejera donde la gente se amontona sin miedo, como si entre el público y los performers se diera la yuxtaposición de dos temporalidades disonantes.

En la tragedia griega el momento catártico era un instante sumamente breve y tenía lugar cuando el héroe sintió que había logrado vencer a los dioses. Pero como explicaba Aristóteles, en la tragedia, por medio de la piedad y el temor se produce la descarga y contención de la emoción. El Grupo Etcétera se desentiende en su catarsis de esa estocada que implicaba la revelación, cuando la verdad le quitaba al héroe su triunfo. Aquí el dios de la peste, el único dueño del destino, no pudo impedir que la escena de los cuerpos en la vida social o en el teatro, volviera al espacio público.

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