La libertad de elección y su engaño

La libertad de elección y su engaño

La primera escena del libro La tiranía de la elección de la filosofa y teorica juridica eslovena Renata Salecl transcurre en la sección de autoayuda de una librería neoyorquina donde la autora se topa con un libro titulado Todo sobre mi (Todo sobre mí): “Por dentro estaba casi todo blanco. Cada página ofreció al lector apenas una o dos preguntas sobre las cosas que le gustaban o le desagradaban, los recuerdos que tenía, sus planes para el futuro. Nada más”. Salecl lo sigue hojeando solo para comprobar que, lejos de ser una excepción, el libro forma parte de una regla o del modus operandi de una época donde, en apariencia, podemos elegir y escribir nuestra vida a voluntad. La clave es la supuesta “libertad de elección”.

La filosofa eslovena Renata Salecl entrevistada en Buenos Aires.  Foto: Andrés D'Elia.

La filosofa eslovena Renata Salecl entrevistada en Buenos Aires. Foto: Andrés D’Elia.

Así, cuando todo esté disponible, como si fuera un supermercado, solo basta recorrer las gondolas, comparar precios e ir llenando el changuito de la propia vida. Convertirse en “uno mismo” sería el resultado de una tarea perseverante que, lejos de las circunstancias externas, dependería solo de sí. De esta manera, el yo mismo sería el resultado de un conjunto de decisiones racionales donde los obstáculos serían simplemente elementos a superar.

Lo curioso, o no tanto, es que la eficacia y la vigencia de este razonamiento residen, paradójicamente, es que estas promesas nunca se terminen de cumplir. Después de todo, nada más conveniente que perseguir un deseo incumplido. Salecl advierte que esta lógica, que no es nueva, se torna especialmente efectiva en una época donde el teléfono celular nos hace creer que tenemos el mundo a nuestra disposición con las aplicaciones disponibles.

imperio de la pantalla

Si la pantalla se transforma en una góndola personalizada, lo es porque todo lo dispuesto aparece como posibilidad infinita. La frase que mejor definiría este estado podría resumirse en “para tus necesidades está esto, pero también esto y esto otro y los modos de pago podrían ser este, también este y por qué no, un tercero”. Pero la hiperestimulación que se da desde la pantalla es solo el primer eslabón de una cadena narcotizante.

El segundo es la contradicción que existe entre la impronta de “ser, hacer y elegir lo que quieras ser” y la evidencia de que en cada elección estamos siendo mirados y evaluados por los demás. La pantalla funcionaría en un doble flujo donde ofrece productos a condición de que luego sean exhibidos por sus consumidores.

El proceso de elección concluye una condición de que sea ​​exhibido ante la mirada de los demás. No es casual que el verbo clave en este proceso sea el de invertir en su doble acepción económica y afectiva.

Frases como “invertir tiempo de calidad en nuestros hijos” o similares, construyen la idea de que cada acción elegida es una apuesta al futuro bienestar de alguien que podrá ser evaluado como exitoso, es decir, alguien que ha tomado las decisiones correctas en todos los alrededores. El elegir vale para comprar comida, un paquete turístico y por supuesto para pareja.

Las ideas de transacción en los distintos niveles de vida son solidarias, también, con las formas del capitalismo tardío que permite “elegir primero y pagar después” al tiempo que oculta, a la manera de una negación, que se trata de un intercambio material.

No llama la atención que el dinero, en este caso, se vuelva una especie de tabú. Es por eso que muchos cursos de autoayuda o de coaching ontológico, orientados a encontrar “una guía o una estrategia de juego en nuestra vida cotidiana”, publicitan sus costos como, justamente, inversiones.

Todo apunta a que cada gasto que se hace, cada deuda que se toma, es por el propio bien y en función de cultivar una identidad más consciente. Quien recibe la dádiva (el entrenador o el terapeuta) se erige como quien hace una obra de caridad, un favor a quien paga para que advierta que la angustia o la crisis existencial son solo problemas de voluntad o falta de confianza en las propias posibilidades.

La filosofa eslovena Renata Salecl visitó la ciudad de Buenos Aires.  Foto: Andrés D'Elia.

La filosofa eslovena Renata Salecl visitó la ciudad de Buenos Aires. Foto: Andrés D’Elía.

La contradicción es tal que no se advierte que mientras se trabaja para ser la mejor versión de uno mismo, ese mismo trabajo implica y demanda de la mirada aprobatoria de los otros que con sus corazones o dedos pulgares levantados, tendran el veredicto final.

Las nuevas sociedades del espectáculo, que se jactan de no depender de nadie, se constituyen, no obstante, en la mirada ajena. La teoría lacaniana del espejo con la fuerza de la evidencia que, paradójicamente, se niega en estas teorías sostenidas en la voluntad más absoluta y en las buenas (o malas) intenciones conscientes.

Los efectos sobre la subjetividad son variados y en todas las instancias botan sobre la autoestima. Cuando el fracaso, en cualquier instancia, queda asociado a las malas decisiones, no queda más opción que la frustración. Si el éxito depende de uno mismo, el fracaso también.

No es casual que las redes sociales sean un enorme reservorio de odio porque, de alguna manera, se vuelven el lugar donde se canaliza la bronca por las promesas incumplidas ante las mismas audiencias que las aprobaron o desaprobaron.

Y en esta instancia, cabe preguntarse si es posible salir de ese círculo, elegir no decir y mostrar cosas constantemente; elegir no rellenar las hojas del libro en blanco. No escribir, en este caso, también podría ser una elección, ¿podría?

La tiranía de la elección, de Renata Salecl.

La tiranía de la elección, de Renata Salecl.

La tiranía de la elección
Renata Salecl
Ediciones Godot
176 págs.

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