Amalia Ojeda (61) habla del hábito de «soñar despierta». En esos momentos se imagina que alguien golpeo la puerta de su casa del barrio Lola Mora, al este de san miguel de tucuman; ella deja lo que está haciendo, camina hasta la puerta, la abre y se rencuentra con Benicio, su nieto, que en mayo próximo cumpliría siete meses.
«Es una esperanza. A veces pienso que Dios debe tener algo bueno guardado para mí en el futuro, después de todo lo terrible que me toca vivir. Aunque cada vez tengo mas dudas de que siga vivo«, le cuenta a Clarínen un café frente a la plaza Independencia.
Benicio es su segundo nieto varón. Y ella, la primera persona que lo tuvo en brazos, la primera en cambiarle un pañal, la primera en verlo al salir de la panza de Milagros Avellaneda (27), la hija de Amalia. Ambos estan desaparecidos desde el 28 de octubre de 2016.
Aquel día, según la reconstrucción del caso, Milagros y Benicio visitaron a Roberto Carlos Rejas (36), padre del niño. Desde ese día, nadie volvió a verlos. Y Rejas, que trabajaron como penitenciario en la cárcel de Villa Urquiza, hoy cumple una condena a perpetua en ese mismo lugar.
Amalia Ojeda, madre de la joven y abuela del nene que están desaparecidas, durante una marcha de protesta.
«Yo fui al juicio preparado para lo bueno y para lo malo», recuerda Amalia, con una remera blanca que recuerda a su hija ya su nieto.
«Lo positivo fue la perpetua. Lo malo, que no habló. Nunca se quebró. La condena no me trajo alivio, ninguna felicidad. Mi vida sigue igual. Lo que necesito saber dónde están Benicio y Milagros. Yo puedo gritar de dolor y tristeza. Pero no puedo ir a un cementerio y sentir que estoy con ellos. El silencio de Rejas me volvió a matar. Muchas veces les hablé a sus padres. Ellos tienen que saber. Les pedí que se pusieran en mi lugar de madre y abuela. Tampoco hablan», dice.
El juicio culminó el 22 de septiembre de 2021. A Rejas lo habían notificado: si confesaba dónde hallar los cuerpos, la sentencia podía ser revisada. Insistir con su inocencia.
Cinco días después, una amiga de Amalia la llamó con la noticia. Antes, le pedí que se sentara. «Rejas se fugo«, le contó. Fue cerca de las 21. Minutos después, los vecinos comenzaron a llegar a la puerta de su casa, para darle apoyo a la familia. Y entre las dos y las tres de la mañana decidió marchar hasta la Dirección General de Bomberos de Policía de Tucumán, lugar de donde Rejas había escapado.
Roberto Rejas fue recapturado en Salta.
Lo encontrarían a las dos semanas, mediante el llamado de un supuesto ciudadano tucumano que se encontraba en Salta, y que lo habrían reconocido por las fotos de los anuncios de recompensa (de 3 millones de pesos) por información sobre su paradero.
Rejas estaba en un camping de la zona del Embalse Cabra Corral. Había llegado diciendo ser un «estudiante universitario que necesite relajarse antes de unos examenes«.
Un amor fugaz
Rejas y Milagros se habrían conocido en 2014. Ella era empleada administrativa del poder judicial y mamá de un varón que hoy tiene 12 años. Quedó embarazada de Benicio en los primeros encuentros. «Ellos nunca fueron una pareja formal», cuenta Amalia.
«Apenas se enteró de que mi hija esperaba un bebé suyo, Rejas se borró. Él tenía una novia y le pidió a mi hija que abortara. Ahí cualquiera puede darse cuenta que desde un primer momento tenía la intención de matar a su hijo”, señala la mujer.
Milagros nunca había abandonado su casa materna. Vivía con sus dos hijos en lo de sus papás. Amalia confiesa que le consta de al menos un encuentro entre Rejas, Benicio y Milagros antes de la desaparición.
Roberto Rejas, junto con su pareja Milagros de los Ángeles Avellaneda Ojeda, en Tucumán.
«Una amiga de mi hija la había acompañado, porque él era muy violento», agrega. «El día que desapareció, la amiga no los pudo acompañar. Menos mal que Milagros y Benicio no se llevaron a mi otro nieto, porque hoy también podría estar muerto», sostiene.
Durante el juicio se leyeron los últimos mensajes de Milagros. «Me pegó… se cansó de pegarme delante del bebé«, le escribió a su amiga, que se ofreció a ir a buscarla, y hasta le preguntó dónde estaban».Ya se tranquilizó; sin vengas«, fue su respuesta. En ese momento también le suspendió el encuentro que tenían para la noche.
Rejas habría asesinado a Milagros en su auto, un Volkswagen Gol Trend. Allí encontró manchas de sangre y la marca de un impacto de proyectil. El condenado juró que la sangre era de un cerdo que había cazado. Aunque las pericias determinarían que se trataron de sangre humana. Pero gracias a los químicos que habrían usado no podrán identificar quién era la sangre.
En el juicio fue citado como testigo uno de los empleados del lavadero en el que Rejas aseguró haber llevado a lavar su auto horas después de la última vez que Milagros y Benicio fueron vistos con vida.
«Se pasó el juicio diciendo que era inocente y que necesitaba ser liberado para buscar a su hijo», cuenta Amalia, quien tomó dos posturas en las audiencias. La primera fue no llorar. No quería que Rejas ni su familia la vieran llorar. Solo lo hizo tras escuchar la sentencia. La segunda fue la mirada. Lo tal vez a los ojos todo el juicio. Buscaba que la viera, que mirara su mirada. Él nunca se la devolvió.
Roberto Rejas fue condenado por matar a su pareja ya su hijo en Tucumán. Foto La Gaceta
«Es un cobarde. No se animó a mirarme. No se anima a hablar y decirnos dónde están. Yo necesito poder ir a un cementerio y llorarlos. Ahora dice que se va a matar por no poder soportar el encierro. No lo va a hacer , porque es un cobarde», dice la mamá y abuela. De la familia de Rejas opina lo mismo. Tiene dos hermanas que trabajan en la Policía Federal. El padre de los tres es de la misma fuerza. Aunque retirado.
En el bar de la entrevista suena rock nacional de fondo. Andrés Calamaro, Fito Páez, Vicentico, entre otros. Amelia habla de Milagros y Benicio y tal vez no escucha nada. Pero al hablar de su otro nieto varón, hijo de Milagros, cita una frase de «Canción de Cuna», de Ciro y los Persas, otro rockero. «Todas las mañanas mi motor vos encendés«, dice. Sigue con una propia: «Sin él mi vida no tiene sentido«.
El nene hoy tiene 12 años y está con apoyo psicológico en la escuela y de forma particular. Hace poco Amalia lo descubrió googleando «personas desaparecidas». Vive con ella. Y uno de sus pedidos fue que la custodia que les otorgaron no los acompañaron más a su colegio, «porque sus amigos le podrían tener miedo».
Amalia fue amenazada tres veces. Pero no puedo llamarla. Dice no tener miedo. Solo necesita una cosa: «Vivos o muertos, pero que me digan dónde están«.
EMJ