Un Real Madrid más serio logra vital victoria ante el Sevilla

Barcelona, Milan, Sevilla… En los grandes campos, el Madrid responde. Esto dice algo sobre la naturaleza de sus problemas y de sus soluciones. Cuando las cosas se ponen serias, como en el Pizjuán, se vuelve al fútbol que le hizo campeón de Liga: «unocerismo» y Vinicius sería el lema. Que fuera Vinicius el protagonista ha de mortificar íntimamente a Lopetegui, partidario en su momento, como tantos otros, de darle más cocción.

Zidane salió con las bandas brasileñas. Esto le dio al equipo una trepidación (que no depilación) brasileña. Vinicius pudo marcar en el primer minuto y le complicó mucho las cosas a Bono con su presión en el minuto 3. Era una revolución: uno que corre.

El Madrid salió espabilado y muy veloz, con piernas nuevas. En su espabilación se percibía la importancia del momento. Era como el reincidente o el sospechoso al que ponen videovigilancia y se siente observado.

Iba el Madrid, por tanto, más tieso que una vela aunque adquiría trazas de contragolpeador. Esperaba un poco en su campo y aprovechaba, que para eso la tiene, la velocidad de Rodrygo y Vinicius. Era un buen comienzo. El Madrid es irregular, pero no es irregular de cualquier manera. Se percibe una inteligencia en sus oscilaciones, unas pautas de conveniencia. Es como un drogadicto. No te puedes fiar de él, pero cuando le interesa te da su mejor cara. Es una plantilla muy cuca. Se las saben todas.

Pronto se vio que el Pizjuán iba a ser lo que San Siro o el Nou Camp, el escenario de un Madrid solvente. Estaba Casemiro, estaba Mendy, y Nacho se manejaba con decisión.

En el minuto 20 hubo un tiro de Kroos. No era gran cosa. El Madrid lucía como bloque, compacto y organizado. El Sevilla también, por supuesto. 20 hombres moviéndose frenéticamente de forma organizada alrededor de un centro cambiante… ¡Ni la orgía de Bruselas!

El árbitro quiso hacerse notar y llamó la atención a los miembros del banquillo del Sevilla para que no se crecieran creyéndose con las prerrogativas del público, que era, no olvidemos, soberano. ¿Quién manda ahora?

Era el minuto 30 y no había noticias de De Jong a pesar de las muchas indicaciones de Lopetegui, en su chándal como de estar haciendo una barbacoa. Lopetegui le habla al partido. Mantiene una conversación animada y constante con el partido como si fuese un interlocutor.

La mejor ocasión del Madrid había sido la del minuto uno. La siguiente llegó en el 37. Un balón de Lucas que Vinicius dejó pasar para Benzema. Fue una asistencia por inhibición. Benzema tiró ajustado y Bono hizo un paradón. Vinicius era el mejor: llegadas, presión, pases y, sobre todo, una sensación de alboroto, de dinamismo, de fútbol moderno y brioso que se juega a otra velocidad. Vinicius le puso al Madrid a la velocidad correspondiente.

El Sevilla respondió con un remate poco importante de De Jong. Courtois se fue al descanso sin «haberla doblao», lo que habla de la actitud general del Madrid. Estaba inmaculado en su traje azul clarito, del mismo color que los abriguitos del príncipe William cuando era pequeño.

Segunda parte

El Madrid había sido más directo, y el Sevilla más, digamos, «posesivo». Esa tendencia la reforzó en el inicio de la segunda parte. El Sevilla trató de mover al granito defensivo del Madrid con largos cambios de juego. El hito de ese fútbol fue una ocasión, una chilena en semifallo de De Jong que «inauguró» a Courtois.

Hubo otro indicio de posible cambio en el partido, una primera fractura en el mediocampo del Madrid en el minuto 54.

El Sevilla, sin duda, había reaccionado. ¿Qué haría Zidane? Hablaba con su segundo. Los segundos se ponen siempre un paso por detrás, nunca a la misma altura, jamás por delante. Es como si el primer entrenador fuera un monarca absoluto.

Pero no hizo falta tocar nada. Antes de que lo apuntado se pudiera desarrollar, llegó el gol del Madrid. Un pase de Mendy desde la banda que remató Vinicius y acabó en gol tras dar en Bono. El mérito intelectual y estético de la jugada, huelga decirlo, se lo atribuirán a Benzema, que había dado el pase a Mendy; y el gol oficial, administrativo, se lo darán a Bono, el ser humano que impulsó la pelota hasta la red. Pero todos sabemos que el gol fue de Vinicius, como marca siempre Vinicius, dándole al rival. Siempre los marca así. Le da un pase al contrario, un nuevo tipo de asistencia. Di Stéfano decía que al Buitre se le caían los goles. A Vinicius no se le caen, pero agita el árbol para que caigan, para que pasen cosas.

Vinicius no es Newton, ni es la manzana; Vinicius es la gravedad.

Lopetegui reaccionó enérgicamente con un triple cambio que no tuvo grandes efectos sobre el partido. Se había constituido ya el Madrid liguero del «unocerismo». Capaz, de proponérselo, de mantener su puerta a cero. Es su baza en el postcristianismo, y es lo que se le debe exigir.

Rodrygo, cansado de correr arriba y abajo, dio paso a Asensio. A la solidez defensiva fue añadiendo el Madrid lances de toque. El Sevilla no llegaba y tampoco el Madrid parecía muy interesado en hacerlo. Quizás fuera un poco pronto para empaquetar y certificar el partido. Gudelj tiró una buena falta en el 75, Suso un gran tiro en el 79, Courtois le paró a Ocampos un difícil remate en el 85… No era un peligro insistente. Apenas hubo contragolpes y aunque Benzema parecía cansado, Zidane no miraba al banquillo ni de reojo. ¿A quién iba a encontrar allí? El partido terminó sin más. Fue meritorio cómo el Madrid lo dejó desvanecerse hasta el final.

Con información del diario Marca

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